Instrucciones para ilustrar una vaca


El libro funciona como un manual para dibujar una vaca.  Las instrucciones son claras, pero su ejecución termina en un despropósito: tras dibujar las cuatros patas, el cuerpo, la cola y la cabeza, lo que aparece es un cocodrilo.  “Si tu vaca parece un animal peligroso, no te preocupes“ aconsejan las instrucciones y la historia prosigue tan disparatada como empezó, con giros inesperados e ingeniosos recursos narrativos.

Pocas veces un libro ilustrado trata, en tan lúdica forma, sobre el oficio de ilustrar.   El Mejor Libro para Aprender a Ilustrar una Vaca  lo hace a través de dos historias que prácticamente se fusionan: la historia del dibujante que falla en su cometido y la historia del cocodrilo que surge de sus ilustraciones. Una historia para recordar que muchas veces las cosas no salen como uno se las propone y que siempre se puede intentar rehacer los entuertos (aunque en la vida no siempre se pueda, como lo hacen los autores, recurrir al borrador).

Un libro escrito a cuatro manos porque las historias sencillas e ingeniosas también requieren de una compleja estructura que sepa equilibrar la carga narrativa entre el texto y la imagen (como sucede también en el caso de Desayuno —de Micaela Chirif y Pablo Alayza— reseñado en este blog).  En esta oportunidad Helen Rice, con brevísimos textos. y Ronan Badel con, ilustraciones minimalistas, ofrecen esta ingeniosa historia que para mayor originalidad, se presenta en un libro de formato alargado que se lee de arriba hacia abajo.  Uno de esos “libritos” imprescindibles.

 

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Al Sur de la Alameda


Mayo 2006. Los estudiantes secundarios de las escuelas públicas de Chile protestan contra el costo de la prueba de selección universitaria y contra la restricción del uso del pase escolar.  En poco tiempo, amplían su plataforma de propuestas y logran el apoyo de las escuelas privadas.  Un movimiento pacífico respaldado en muchos casos por los docentes y los directores de los colegios.  En el contexto histórico de esta protesta, conocida como la revolución pingüina, la narradora Lola Larra ubica a Nicolás, un alumno aficionado al fútbol y desinteresado de la política quien se une a la toma para estar cerca de Paula, la chica francesa recién entrada a su año.

Más próximo a ser testigo que protagonista, Nicolás se convierte en un observador escéptico de los entretelones de la revuelta.  Su diario sobre la toma registra los afanes de figuración de sus líderes, los desencuentros, las traiciones y deserciones, el aburrimiento frente a las maratónicas asambleas.  Pero también retrata los momentos de entusiasmo y solidaridad, las pequeñas victorias y los encuentros amorosos.   Larra  hace fluir esta historia a través de un cuidado lenguaje coloquial consistente con la edad y el perfil del protagonista.  El relato de Nicolás da pie a la observación crítica sobre los hechos y también a la exploración de su mundo interior y a su relación con el entorno inmediato (colegio) y mediato (familia y  sociedad).   Larra reserva la visión empática e idealizada de la revuelta estudiantil para algunos de sus personajes adultos  como los padres de Nicolás  y el misterioso personaje que, desde lo alto de una casa, observa los desarrollos de la toma.

La propuesta de este libro se enriquece significativamente con las ilustraciones de Vicente Reinamontes.  No se trata de un libro acompañado por ilustraciones, ni de una novela gráfica.  Conviene clasificarla, como lo hacen algunos críticos y editores, como un “libro híbrido” que propone una lectura en dos niveles (aunque el lenguaje escrito tenga el mayor peso en la historia).  Mientras el texto reproduce el diario escrito por Nicolás durante los siete días de la toma, la ilustración nos coloca en la casa de ese misterioso personaje que, prismáticos en mano, sigue la revuelta y que terminará siendo parte de ella.  Este contrapunto enriquece la propuesta, da pausa al texto y aligera la lectura.  También permite interpretar los hechos desde perspectivas diferentes: externa/interna y empática/objetiva.   Una propuesta que, de acuerdo con el testimonio de Larra, fue inspirada en la obra de Brian Selznick, autor de “la Invención de Hugo Cabret”.

“Al Sur de La Alameda” es una historia casi lineal y sin mayores sobresaltos y ese es tal vez uno de los grandes méritos: no apelar a grandes acciones ni a artificios narrativos para atrapar al lector y, por el contrario, centrarse en la mirada  discreta de su protagonista durante los siete días de un toma bastante pacífica.  Las ilustraciones, con su respectiva carga narrativa y su rol de contrapunto, apoyan con creces este propósito.  Un libro  de amplia aceptación en Chile y de muy favorable crítica que, desde el año pasado, gracias a la llegada de Ediciones Ekaré a Lima,  está disponible en nuestras librerías.

 

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Adivinanzas


En Noe Delirante, Arturo Corcuera ofreció una poesía fresca, lúdica, irreverente, divertida, cualidades que calzan muy bien con la poesía para niños. No sorprende entonces que muchos de sus poemas, siempre con referencia a animales, fueran incorporados en antologías orientadas a estos lectores. Después de semejante empresa, su Libro de las Adivinanzas puede parecer una obra menor o un divertimento. Por lo pronto, este título no suele mencionarse cuando se recuenta la trayectoria poética de Corcuera y tampoco se encuentra con facilidad en librerías. Sin embargo, a nuestro modesto entender, se trata de una estupenda oportunidad para aproximar la poesía—uno de los géneros postergados de la literatura infantil— a los niños que se inician en la lectura.

El Libro de las Adivinanzas plantea 22 interrogantes, cada una en apenas dos versos.  Para mayor gracia, las respuestas a estas lúdicas adivinanzas siempre riman con el breve poema. Aunque no todos los versos persuaden de la misma manera, hay casi siempre una figura cuidada, una descripción exacta y una respuesta que, como en toda buena adivinanza, es obvia sólo cuando ya se conoce:

“Con una túnica blanca/por la noche se desliza (la tiza)”

“Llevan gafas sin cristales/ y saben morder de veras (las tijeras)”

 “Alumbra sin ser estrella/ relincha sin ser caballo (el rayo)”  

Envejece caminando/cada paso es un mal rato (los zapatos)”

 Un pájaro de metal ora y canta esta mañana (la campana)”

 “Nadie niega que es un mundo que a medio mundo alborota (la pelota)”

Desgraciadamente, se trata de una edición menos cuidada de lo que esta propuesta ameritaba. En el ejemplar que tengo a mano, las delgadas páginas dejan traslucir el color de las ilustraciones de otros poemas.  En compensación, hay que celebrar que esta misma editorial nos ofrezca otras propuestas poéticas de Corcuera para niños: Canto y Gemido de la Tierra, La Estación de las Letras y Abecedario. Propuestas poéticas—que se suman a las de Jorge Díaz Herrera, entre otros—muy oportunas para niños que están empezando la etapa escolar, una etapa donde se refuerza el carácter utilitario del lenguaje literal y donde, desgraciadamente, se tiende a olvidar la capacidad de jugar y fantasear con las palabras.

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El oso que no lo era


Cuando los gansos vuelan y las hojas caen, el oso sabe que es tiempo de invernar. Vuelve la primavera, el oso sale de su cueva y encuentra su hábitat convertido en una gran fábrica. El capataz le exige que se ponga a trabajar y él le responde “pero si yo soy un oso”. El capataz y toda la plana jerárquica de la empresa le insistirán  que no es un oso sino un hombre. Hasta es negado por sus pares del zoológico (“si fueras un oso estaría tras las rejas”) y por los del circo (“si fueras oso no estarías sentado en la tribuna”). Tan unánime es la posición que se llega a convencer de que él no es un oso sino apenas, como se lo han reiterado tantas veces, “un hombre, tonto, sin afeitar y con abrigo de pieles”.

Grandes temas en pocas páginas: la destrucción del medio ambiente, las injusticias del sistema laboral y, sobre todo, el cuestionamiento de la identidad individual y la presión de la sociedad para destruirla. Tashlin (The Bear that wasn’t, 1946) los trata dentro de una sencilla línea argumental contada en tono de fábula y, de este modo, atrapa tanto a un lector adulto como a un lector infantil que no necesariamente esté plenamente identificado con estos temas. Luego vendrá el final esperanzador que también fluye con naturalidad: cuando regresan los gansos y las hojas, el oso busca comportarse inútilmente como humano hasta que su instinto se rebela contra la presión general y termina invernando convencido de que no es un hombre tonto. Ni tampoco un oso tonto.

Las ilustraciones del autor rememoran las series animadas de los años treinta y cuarenta. Tashlin — reconocido ilustrador de MGM, Warner y Disney— tiene el mérito de mostrarnos al oso con un trazo diferente y con un gesto tierno pero cuestionador. Como si, también desde una perspectiva gráfica,  hubiese preservado la identidad del oso diferenciándola del resto de los personajes que se la cuestionan. También las ilustraciones aligeran la carga dramática de la historia y la enriquecen:  la destrucción del medio ambiente se muestra a doble página en un gran fresco en blanco y negro y la crítica a una sociedad excesivamente jerarquizada se refleja en el cambio gradual que experimenta el decorado de las oficinas.  Dos detalles, entre muchos, que ofrece el lenguaje gráfico de esta historia.

Los Angeles Times, parafraseando el título de este cuento, la califica  como “una sátira genial y salvaje sobre la que gente civilizada que no lo es”.  Siete décadas después, la historia mantiene una gran vigencia porque  la gente civilizada sigue destruyendo el medio ambiente, la cultura corporativa despersonalizando al individuo y la presión generalizada alienándonos casi sin darnos cuenta, casi sin oponer resistencia.

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Nueve adaptaciones


Con El Buen Amigo Gigante, de próximo estreno, son nueve las novelas de Roald Dahl llevadas a la pantalla. Antes de que el cine se interesara por sus obras, Dahl era uno de los autores de literatura infantil más populares, pero sus historias alcanzaron una difusión aún mayor gracias a estas adaptaciones. Incluso muchos niños han visto las películas sin conocer los libros que las inspiraron. Aquí un breve recuento cronológico de estas nueve novelas.

Dahl publicó Los Gremlins en 1943. Gus, un piloto de guerra, descubre a un extraño ser en las alas de su avión. Este pequeño engendro, según creencia popular entre los aviadores ingleses, era responsable de producir daños a los aviones. La aeronave de Gus no es la excepción, pero Gus convence a estos personajes para que apoyen a la Fuerza Real Británica en su guerra contra los nazis. La historia fue publicada por Disney, pero el proyecto de película se encarpetó por cuatro décadas. Aunque en los créditos de la película mencionan al novelista, la historia que llegó finalmente a la pantalla tiene muy poco de la historia original. No hay conflicto bélico, ni pilotos, ni una explicación sobre la procedencia de estos seres extraños y malvados que— en la película, no en la novela—se reproducen al contacto del agua.

En 1961, a los 45 años, escribe James y Melocotón Gigante, para muchos, su verdadero inicio en la literatura infantil pues la escribe pensando en este público. “¿Qué pasaría si una fruta no parase de crecer?” es la pregunta que da pie a esta historia sobre un niño huérfano que, ayudado por unos bichos gigantes, huye de sus malvadas tías y sobrevuela el Atlántico utilizando un enorme melocotón como nave. Considerado por The Telegraph entre los quince mejores libros para niños de todos los tiempos, es el primero de una serie de grandes éxitos editoriales distribuidos a lo largo de casi tres décadas. En 1996 se estrenaría la versión cinematográfica dirigida por Henry Selick y producida por Tim Burton con la técnica stop motion. Aunque fiel a la versión escrita, la película introduce algunos cambios menores en la trama. Al final, las tías aparecen en Nueva York para reclamar méritos por la travesía, pero terminan siendo ser arrolladas por el enorme melocotón. Un final que muy probablemente Dahl hubiese suscrito sin la menor incomodidad.[

Inspirada en su experiencia infantil con los chocolates Cadburry, Dahl publica Charlie y Fábrica de Chocolate (1964), libro que se populariza rápidamente. El señor Wonka, dueño de una fábrica de chocolates, convoca a cinco niños para que participen en una visita. La visita se convierte en una competencia donde el ganador recibe la fábrica como premio. La extraordinaria popularidad de esta obra vino acompañada también de algunas críticas por el maltrato que sufren los niños que desobedecen al señor Wonka y por la presencia de los Oompa Loompas que, en esta primera edición, son presentados como pigmeos africanos (en la edición de 1971, Dahl los cambiaría por los personajes que conocemos).  La novela tiene dos adaptaciones cinematográficas: la primera en 1971 y la segunda de 2005. Esta última, dirigida por Tim Burton, presenta algunas adaptaciones menores a los nuevos tiempos: uno de los niños es adicto a los videojuegos y no a la televisión (un invento contra la cual Dahl lanza duras críticas a través de un extenso poema recitado por los Oompa loompas). Una película que respeta fielmente la estructura narrativa de la novela y que transmite el espíritu irreverente y el humor negro de su autor.

En los setenta, publica una de sus novelas menos conocidas pero que es, en opinión nuestra, la más entrañable y lograda. Danny el campeón del Mundo (1975) refleja la inclinación del autor por la vida lejos de la ciudad. Los capítulos iniciales describen la relación entre Danny y su padre en un pequeño carromato en medio del campo. Una relación divertida, poco solemne y cargada de afecto.   Pero, a partir del cuarto capítulo, la historia da su giro. Danny descubre que su padre es un cazador furtivo que desaparece en las noches para cazar faisanes (“todos adultos tienen una o dos costumbres secretas, ocultas en la manga, que probablemente te dejarían con la boca abierta si las supieras” dice el protagonista). Danny termina siendo cómplice de una alucinante aventura en la granja del señor Hazell, un hombre millonario y prepotente. Una aventura en la que están involucrados respetables personajes del pueblo. La ironía de Dahl se carga, esta vez, de crítica social. Una aventura, a ratos tensa y a ratos divertida, que se apoya en una prosa de tono tierno e íntimo, poco frecuente en sus novelas. La película de 1989—producida para la televisión y protagonizada por Jerey Irons y su hijo Samuel— no se encuentra en Lima, ni siquiera en los puestos especializados de Polvos Azules.

En la década de los ochenta escribe dos de sus más populares novelas: El Gran Gigante Bonachón y (1982) Matilda (1988). El argumento del Gran Gigante Bonachón rondaba la cabeza de Dahl varios años antes: en el segundo capítulo de Danny el Campeón del Mundo, el padre inventa una historia sobre un gigante que todas las noches hace polvos mágicos con los sueños de los niños para luego, con una larga cerbatana, introducirlos en las habitaciones de otros niños. Esa pequeña historia, de apenas cuatro páginas, se transformaría en la novela cargada de elementos fantásticos y oníricos que posiblemente dificultaban una adaptación al cine. La película dirigida por Steven Spielberg, a estrenarse próximamente, presenta la particularidad de ser la única que lleva un nombre algo distinto al de la novela sobre la cual se basa. Por su parte, Matilda narra una historia de una niña con poderes especiales que se sobrepone a un hogar y a una escuela abiertamente hostiles. Es, posiblemente, la obra que más esfuerzo le demanda: “Y ahora que la terminé… sé que pasaré los siguientes tres meses reescribiendo la segunda parte”, escribió Dahl a su familia a fines de 1986. Recién en 1988, tras sentir que ha reperfilado mejor a su personaje central, publica esta novela que es su último gran éxito de público y crítica. La película de Danny de Vito (1996) es una adaptación fresca y ligera que preserva la galería de adultos (exageradamente) imperfectos que presenta la novela.

Entre estos hitos de la literatura infantil, Dahl publica numerosas obras de menor extensión pero con el mismo espíritu provocador. El Super Zorro (1970) es una novela donde el animal hará la vida imposible a torpes y malvados granjeros para felicidad de sus lectores. La versión fílmica de 2009, realizada por Wes Anderson, ha sido acompañada de críticas favorables y de dos nominaciones al Oscar (incluyendo al mejor filme animado). También tenemos Las Brujas (1983) cuya versión cinematográfica protagonizada por Angelica Houston es, a nuestro juicio, muy inferior a la novela. La novela posterga la trama y dedica los primeros capítulos a introducirnos al mundo oscuro de las brujas y a su odio hacia los niños; gracias a este recurso narrativo—prácticamente ausente en la película— el lector se compenetra mejor con esta historia absurda y oscura.  Por últmo, Agu Trot (1990), una novela corta y la última que publica Dahl en vida, es a nuestro juicio una de las historias más entrañable y sutilmente provocadora de la literatura infantil.

Como en Danny el Campeón del Mundo, Agu Trot construye una historia alucinante a partir de elementos totalmente realistas. El señor Hoppy, un anciano jubilado, vive enamorado de la Señora Silver, vecina del piso de abajo. Ella adora a su tortuga y sueña con que crezca. El señor Hoppy la convencerá de que él tiene la fórmula para hacerla crecer y llevará a cabo un esforzado plan para convencerla de ello.   Agradecida por el supuesto crecimiento de su mascota, la señora SIlver y el señor Hoppy se casan.   Como casi todas las historias de Dahl, se trata de un guiño cargado de malicia: después de la esforzada empresa acometida por el anciano, el lector celebra el engaño como si se tratase de una historia de amor común y corriente.   La película, protagonizada por Dustin Hoffman y Judi Denche, fue estrenada el año pasado por la BBC y tiene críticas favorables y críticas negativas. Dentro de este segundo grupo, están los admiradores de Dahl que esperaban encontrar en la película el difícil equilibrio de ternura y humor que la novela logra y que es reforzado por las estupendas ilustraciones de Quentin Blake.

Dahl es un autor de extraordinaria vigencia a pesar de la aparición de escritores que, como J K Rowling, explotan otras vertientes o que, como David Walliams, reclaman ser sus sucesores en este nuevo siglo. Fue de los pocos escritores que entendió que para atrapar a un lector infantil había que entender su universo y ponerse en sus zapatos.   En sus novelas, los niños se enfrentan a adultos imperfectos y se sobreponen a situaciones adversas. Ingeniosas tramas escritas con prosa redonda donde hay irreverencias, ingenio, humor de todo tipo y transgresiones poco usuales. Las ilustraciones de Quentin Blake, tan compatibles con el espíritu de Dahl, ayudaron a reforzar esa complicidad con sus lectores. También es un autor criticado con cierta frecuencia por los mensajes “incorrectos” de sus novelas. Una crítica que a usted, como padre, no creo que deba preocuparle sobremanera.   Las editoriales suelen adecuar la edad del lector al contenido de la obra: la mayoría de novelas están recomendadas para niños a partir de diez o doce años. Si, a pesar de ello, tuviera reparos, una lectura conjunta sería una oportunidad para explorar en onda relajada cuáles son las impresiones que estas historias generan en su hijo. Y si la preocupación no le da para acompañarlo en la lectura, despreocúpese un poco y confíe en la capacidad de discernimiento que tiene un niño. Después de todo, nadie se vuelve peor persona por leer una novela de Dahl ni por ver las películas que inspiró.

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Fábula en verso


En estos tiempos en que la literatura infantil ofrece complicidad e irreverencia, una fábula escrita en verso —con moraleja incluida—puede parecer un despropósito. Pero después de leer “La Ratoncita Presumida”, escrita por Aquiles Nazoa e ilustrada por Vicky Sempere, uno recuerda que el mensaje aleccionador no tiene por qué estar reñido con la capacidad de la literatura para contar historias que diviertan y conmuevan al pequeño lector.

La historia se inspira en la conocida fábula. Hortensia, una hermosa ratoncita, rechaza el cortejo de Alfredito, su tímido pretendiente. En la búsqueda de un marido a la altura de sus pretensiones, se encontrará con una serie de grandes personajes que le harán descubrir la importancia de los seres aparentemente insignificantes. Una historia circular escrita con lenguaje fresco, diálogos precisos y sutil dosis de humor.

La poesía, como lo deja en claro este libro, no sólo sirve para explorar mundos interiores sino también para contar historias (como lo hacen “Historias en verso para niños perversos” de Roald Dahl o “La Melancólica muerte de Chico Ostra” de Tim Burton, reseñadas en este blog). Más aún: después de leer la versión de Nazoa, uno está tentado a pensar que sólo a través de la poesía pudo contarse esta historia de forma tan redonda. Las estrofas funcionan perfectamente a manera de breves capítulos y  los versos dotan a la historia de un ritmo ágil y de una sonoridad que en ningún momento decae ni satura. Un libro que se disfruta mucho más si lee en voz alta.

Biografía de Aquiles Nazoa

Página web de editorial Ekaré 

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No funciona la tele


Encuentro a la televisión muy educativa.
Cada vez que alguien la enciende,
me retiro a otra habitación y leo un libro.
Groucho Marx

Cinco décadas atrás, en “Charlie y la Fábrica de Chocolates”, Roald Dahl nos presentó a Mike TV, un niño de nueve años adicto a la televisión, en especial a las películas de violencia. Un niño que llevaba colgadas 16 pistolas de juguete y que veía todos los programas “incluso los malos, donde no hay disparos”. En su visita a la fábrica de Willly Wonka, Mike TV se encogerá hasta quedar reducido a un ser pequeño que cabe en la palma de una mano. A manera de colofón, a través de un largo poema recitado por los oompa lompas, Dahl aprovecha para criticar abiertamente este nuevo invento: Hemos aprendido algo primordial/ Algo que a los niños les hace mucho mal/Y es que en el mundo no hay nada peor/ Que sentarlo frente al televisor. Luego de señalar cómo este “traste abominable” afecta la imaginación del niño, exalta los beneficios de los libros y de la lectura: “Por eso rogamos, por eso pedimos/ Que tiren muy lejos el televisor/ Y en su sitio instalen estantes de libros /Que llenen sus horas de gozo y fervor.

Ya desde esa época, la televisión era vista como un elemento adictivo que afectaba la imaginación y minaba el hábito lector en los niños. Por ello, muchas veces se destinan contra ella extensos discursos cargados de críticas implacables y de mensajes aleccionadores. Hasta el gran Roald Dahl, tan poco dado a este tipo de prédica, cayó en la tentación y escribió este extenso poema de 116 versos más próximo al panfleto que a la buena literatura. Pero eso sí hay que reconocer: si consideramos la programación de nuestra televisión—en especial a los canales de señal abierta—se trata de un texto que, lamentablemente, mantiene su vigencia intacta.

A diferencia del poema de Dahl, dos libros recientes concilian mucho mejor el mensaje aleccionador con la buena literatura: “No funciona la tele” (Penny Lee and her TV, 2002) del ilustrador norteamericano Glem McCoy y “SOS televisión”, escrito por Germano Zullo e ilustrado por Albertina. Ambos libros tienen planteamientos muy parecidos y, por tratarse de libros álbum, están dirigidos a niños recién iniciados (o por iniciarse) en la lectura.

En el primer caso, Pepa es una niña que pasa todo el tiempo viendo la televisión a pesar de los esfuerzos de su perro Barriga por jugar con ella y distraerla en otras actividades. Pepa entra en pánico un día en que la televisión no funciona. En el camino a la tienda de reparaciones, descubrirá la calle y las posibilidades de diversión que esta le ofrece en compañía de su mascota quien, eso lo sabremos al final, había quitado una pieza al televisor.

La misma idea se desarrolla en “SOS TV”, pero en este caso toda una familia—padre, madre e hijo— está involucrada. Cada miembro de la familia Dominguez tiene una afinidad especial por algún programa: el padre por los partidos de fútbol, la madre por las telenovelas y el hijo por los dibujos animados. A la hora de la cena, los tres miran televisión. Un día la televisión de malogra y es tratada con mucho cuidado como si fuera un familiar enfermo. En muy poco tiempo, mientras esperan la llegada del técnico, encuentran actividades que la sacan de su letargo (a diferencia del cuento anterior, esta familia encuentra alternativas al interior de la casa). Cuando llega el técnico se plantea una gran duda: ¿será necesario reparar la televisión? Un final oportunamente abierto que deja al niño la posibilidad de suponer el final y de reflexionar sobre el tema.

Se tratan de dos historias que presentan una aproximación más lúdica, relajada y menos discursiva. Tal vez la segunda historia pudo evitar el texto de la contra carátula (“cuando la pantalla se apaga el círculo de la familia se enciende“) pues hace explícito el mensaje y en cierta forma adelanta el final de la historia; también presenta a los miembros de la familia en sus roles más tradicionales y algo estereotipados. Pero más allá de estos detalles, se tratan aproximaciones frescas que se apoyan mucho en el rol de la ilustración para desarrollar una serie de circunstancias que enriquecen la historia. En el caso de No funcional la tele, la historia se apoya básicamente en las ilustraciones de Mac Koy —conocido por sus viñetas políticas de corte conservador— y el texto juega un rol claramente subordinado. En el caso de” SOS Televisión”, las ilustraciones de Albertina nos dan información complementaria sobre cada miembro de esta familia que es retratada con trazos simples y muy peculiares. De este modo las ilustraciones hacen creíble el proceso de cambio por el que pasan los protagonistas y dotan a la historia de mayor verosimilitud. Después de leer estos cuentos, es posible que el pequeño lector se convenza de que sin televisión (o sin videojuegos) se puede sobrevivir e, incluso, llegar a pasarla bien.

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