Velorio con torta


Velorio con Torta, de Iris Rivera, es un excelente ejemplo de cómo una pequeña anécdota —una fiesta de cumpleaños que se estropea–puede resultar en una historia redonda y convincente. Para lograrlo, la autora recurre a la primera voz: la historia es contada por el personaje central, el niño que celebra su cumpleaños. A través de sus ojos se justifica la mayor carga emotiva que encierra una simple fiesta de cumpleaños y se agudiza la percepción sobre los pequeños conflictos entre los niños invitados. Rivera tampoco descuida la visión crítica del personaje hacia el mundo adulto, hacia sus convenciones (Todo eso me gusta, pero las animadoras, no. No las quiero más. ¿Por qué hay que jugar a lo que ellas dicen, a ver?) y hacia sus infantiles reacciones (Mi mamá también lloró porque ¿para esto me rompí toda?). Una historia cuyo final (que da pie al ingenioso título) sirve de preciso y divertido colofón.

Pero para que esta historia funcione se requiere, claro está, que esa voz en primera persona sea creíble e Iris Rivera—apoyada por su formación de educadora inicial—logra con creces dicho propósito como lo ha logrado, en otro registro, con su cuento ¿Sabes Athos? donde una joven adolescente descubre la terrible realidad de haber sido dada en adopción durante dictadura militar.

Nótese dos detalles de la propuesta. En primer lugar, el rol de las ilustraciones es un rol menor: el fondo de globos, pelotas de fútbol y semáforos sirve básicamente como decorado pero, a diferencia de la mayoría de cuentos ilustrados, no acompaña el desarrollo de la historia. En segundo lugar, este cuento—al igual que antología Leer x Leer de Mempo Giardinelli reseñada en este blog—es de acceso público a través del Plan Lector del Ministerio de Educación de Argentina, un detalle para no olvidar que la promoción de la lectura en los colegios es ante todo una política pública y que cualquier esfuerzo privado debe apoyarla pero no sustituirla.

Cuento de Iris Rivera

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Un día diferente para el señor Amos


Hombre solitario y de rutina sencilla, Amos Mc Kee toma el bus siempre a la misma hora y hacia el mismo lugar: el zoológico.  Sin desatender sus labores,  juega ajedrez con  el elefante, compite en carrera con la tortuga, cuida del catarro del  rinoceronte. Un día el señor Amos enferma y los animales le retribuyen en su lecho de enfermo todas las actividades y atenciones que él realiza diariamente.

A diferencia de otros títulos de carácter más irreverente–como las versiones de la Caperucita Roja de Phillipe Braseur  y de Marjolaine Leray  –Océano Travesía ofrece esta vez una historia sobre el valor de la amistad y la solidaridad.  Una historia donde el lenguaje gráfico enriquece y redondea la sencilla historia que propone el lenguaje escrito.

La representación física del señor Amos –delgado, rostro gentil, cuerpo algo encorvado—genera de inmediato la empatía del lector con el personaje.  Los animales que protagonizan la historia tienen gestos tiernos y amistosos, pero sin caer en la representación antropomorfa.  Cuando los animales deciden visitar al señor Amos, tres estupendas ilustraciones, desarrolladas a doble página, cuentan la historia sin presencia alguna de texto.  Por último, la sutil y salpicada presencia de pequeños animales y de algunos objetos (como el globo y el peluche) parecen una invitación al lector a detenerse en cada página, a contemplar, a crear historias colaterales.  Estamos ante otro libro donde la sinergia entre texto e ilustración es evidente y amerita que el narrador (Phillip Stead) y la ilustradora (su esposa Erin) sean presentados juntos como los autores de esta creación colectiva.

Sólo hay dos detalles editoriales que llaman la atención: la historia empieza junto a una recargada hoja de créditos y el colofón se presenta sólo en la contra carátula (con el riesgo de que el lector no repare en él).  Dos observaciones menores frente a un libro que ha merecido numerosos reconocimientos y que nos recuerda, una vez más, que las historias tiernas y aleccionadoras no tienen por qué estar reñidas con  la buena literatura.

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Bárbaro


Barbaro, espada y escudo en mano, monta sobre su caballo para enfrentar precipicios, serpientes, lanzas, cíclopes y otras mortales amenazas.  Unas veces lo hace surcando los aires; otras veces, enfrenta el peligro desde el suelo.  Y siempre con el rostro inmutable. De pronto, Bárbaro se detiene y, ante la súbita calma, se desconcierta y rompe en llanto.  Unos brazos se extienden hasta a él, unos brazos que en un principio parecen pertenecer a un personaje divino, pero que corresponden a los de su padre. Bárbaro es entonces rescatado del carrusel en el que vivió sus aventuras.

 “Vi a unos chicos en un carrusel y me quedé pensando en qué pasaba por la cabeza de estos niños mientras estaban ahí. Después hice una relación con otras experiencias que tuve de niño, a partir de eso creé una obra visual”  dice  Renato Moriconi, ilustrador brasilero, a propósito de este libro publicado por los veinticinco años de la serie A la Orilla del Viento del Fondo de Cultura Económica.  Y ese es precisamente el mérito del autor: ponerse en la cabeza del niño, soñar con él y, en ese sueño, engañar al lector y sorprenderlo con un final divertido e ingenioso.  Un final que, además, lleva a reinterpretar algunos detalles de la historia: la posición intercalada (aire/tierra) del personaje simula el movimiento del carrusel y el rostro inmutable de Bárbaro refleja la seguridad de quien se enfrenta a sus propias invenciones. Incluso la línea vertical de la carátula, más allá de cualquier intención estética, cobra sentido cuando se conoce el final.  Mención aparte merecen las coloridas ilustraciones y el formato alargado del libro que permite capturar mejor los vaivenes de esta travesía.  Una historia redonda que se cuenta sin palabras.

Entrevista a Renato Moriconihttp://puntoedu.pucp.edu.pe/entrevistas/renato-moriconi-el-arte-de-contar-historias-con-imagenes/

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Instrucciones para ilustrar una vaca


El libro funciona como un manual para dibujar una vaca.  Las instrucciones son claras, pero su ejecución termina en un despropósito: tras dibujar las cuatros patas, el cuerpo, la cola y la cabeza, lo que aparece es un cocodrilo.  “Si tu vaca parece un animal peligroso, no te preocupes“ aconsejan las instrucciones y la historia prosigue tan disparatada como empezó, con giros inesperados e ingeniosos recursos narrativos.

Pocas veces un libro ilustrado trata, en tan lúdica forma, sobre el oficio de ilustrar.   El Mejor Libro para Aprender a Ilustrar una Vaca  lo hace a través de dos historias que prácticamente se fusionan: la historia del dibujante que falla en su cometido y la historia del cocodrilo que surge de sus ilustraciones. Una historia para recordar que muchas veces las cosas no salen como uno se las propone y que siempre se puede intentar rehacer los entuertos (aunque en la vida no siempre se pueda, como lo hacen los autores, recurrir al borrador).

Un libro escrito a cuatro manos porque las historias sencillas e ingeniosas también requieren de una compleja estructura que sepa equilibrar la carga narrativa entre el texto y la imagen (como sucede también en el caso de Desayuno —de Micaela Chirif y Pablo Alayza— reseñado en este blog).  En esta oportunidad Helen Rice, con brevísimos textos. y Ronan Badel con, ilustraciones minimalistas, ofrecen esta ingeniosa historia que para mayor originalidad, se presenta en un libro de formato alargado que se lee de arriba hacia abajo.  Uno de esos “libritos” imprescindibles.

 

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Al Sur de la Alameda


Mayo 2006. Los estudiantes secundarios de las escuelas públicas de Chile protestan contra el costo de la prueba de selección universitaria y contra la restricción del uso del pase escolar.  En poco tiempo, amplían su plataforma de propuestas y logran el apoyo de las escuelas privadas.  Un movimiento pacífico respaldado en muchos casos por los docentes y los directores de los colegios.  En el contexto histórico de esta protesta, conocida como la revolución pingüina, la narradora Lola Larra ubica a Nicolás, un alumno aficionado al fútbol y desinteresado de la política quien se une a la toma para estar cerca de Paula, la chica francesa recién entrada a su año.

Más próximo a ser testigo que protagonista, Nicolás se convierte en un observador escéptico de los entretelones de la revuelta.  Su diario sobre la toma registra los afanes de figuración de sus líderes, los desencuentros, las traiciones y deserciones, el aburrimiento frente a las maratónicas asambleas.  Pero también retrata los momentos de entusiasmo y solidaridad, las pequeñas victorias y los encuentros amorosos.   Larra  hace fluir esta historia a través de un cuidado lenguaje coloquial consistente con la edad y el perfil del protagonista.  El relato de Nicolás da pie a la observación crítica sobre los hechos y también a la exploración de su mundo interior y a su relación con el entorno inmediato (colegio) y mediato (familia y  sociedad).   Larra reserva la visión empática e idealizada de la revuelta estudiantil para algunos de sus personajes adultos  como los padres de Nicolás  y el misterioso personaje que, desde lo alto de una casa, observa los desarrollos de la toma.

La propuesta de este libro se enriquece significativamente con las ilustraciones de Vicente Reinamontes.  No se trata de un libro acompañado por ilustraciones, ni de una novela gráfica.  Conviene clasificarla, como lo hacen algunos críticos y editores, como un “libro híbrido” que propone una lectura en dos niveles (aunque el lenguaje escrito tenga el mayor peso en la historia).  Mientras el texto reproduce el diario escrito por Nicolás durante los siete días de la toma, la ilustración nos coloca en la casa de ese misterioso personaje que, prismáticos en mano, sigue la revuelta y que terminará siendo parte de ella.  Este contrapunto enriquece la propuesta, da pausa al texto y aligera la lectura.  También permite interpretar los hechos desde perspectivas diferentes: externa/interna y empática/objetiva.   Una propuesta que, de acuerdo con el testimonio de Larra, fue inspirada en la obra de Brian Selznick, autor de “la Invención de Hugo Cabret”.

“Al Sur de La Alameda” es una historia casi lineal y sin mayores sobresaltos y ese es tal vez uno de los grandes méritos: no apelar a grandes acciones ni a artificios narrativos para atrapar al lector y, por el contrario, centrarse en la mirada  discreta de su protagonista durante los siete días de un toma bastante pacífica.  Las ilustraciones, con su respectiva carga narrativa y su rol de contrapunto, apoyan con creces este propósito.  Un libro  de amplia aceptación en Chile y de muy favorable crítica que, desde el año pasado, gracias a la llegada de Ediciones Ekaré a Lima,  está disponible en nuestras librerías.

 

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Adivinanzas


En Noe Delirante, Arturo Corcuera ofreció una poesía fresca, lúdica, irreverente, divertida, cualidades que calzan muy bien con la poesía para niños. No sorprende entonces que muchos de sus poemas, siempre con referencia a animales, fueran incorporados en antologías orientadas a estos lectores. Después de semejante empresa, su Libro de las Adivinanzas puede parecer una obra menor o un divertimento. Por lo pronto, este título no suele mencionarse cuando se recuenta la trayectoria poética de Corcuera y tampoco se encuentra con facilidad en librerías. Sin embargo, a nuestro modesto entender, se trata de una estupenda oportunidad para aproximar la poesía—uno de los géneros postergados de la literatura infantil— a los niños que se inician en la lectura.

El Libro de las Adivinanzas plantea 22 interrogantes, cada una en apenas dos versos.  Para mayor gracia, las respuestas a estas lúdicas adivinanzas siempre riman con el breve poema. Aunque no todos los versos persuaden de la misma manera, hay casi siempre una figura cuidada, una descripción exacta y una respuesta que, como en toda buena adivinanza, es obvia sólo cuando ya se conoce:

“Con una túnica blanca/por la noche se desliza (la tiza)”

“Llevan gafas sin cristales/ y saben morder de veras (las tijeras)”

 “Alumbra sin ser estrella/ relincha sin ser caballo (el rayo)”  

Envejece caminando/cada paso es un mal rato (los zapatos)”

 Un pájaro de metal ora y canta esta mañana (la campana)”

 “Nadie niega que es un mundo que a medio mundo alborota (la pelota)”

Desgraciadamente, se trata de una edición menos cuidada de lo que esta propuesta ameritaba. En el ejemplar que tengo a mano, las delgadas páginas dejan traslucir el color de las ilustraciones de otros poemas.  En compensación, hay que celebrar que esta misma editorial nos ofrezca otras propuestas poéticas de Corcuera para niños: Canto y Gemido de la Tierra, La Estación de las Letras y Abecedario. Propuestas poéticas—que se suman a las de Jorge Díaz Herrera, entre otros—muy oportunas para niños que están empezando la etapa escolar, una etapa donde se refuerza el carácter utilitario del lenguaje literal y donde, desgraciadamente, se tiende a olvidar la capacidad de jugar y fantasear con las palabras.

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El oso que no lo era


Cuando los gansos vuelan y las hojas caen, el oso sabe que es tiempo de invernar. Vuelve la primavera, el oso sale de su cueva y encuentra su hábitat convertido en una gran fábrica. El capataz le exige que se ponga a trabajar y él le responde “pero si yo soy un oso”. El capataz y toda la plana jerárquica de la empresa le insistirán  que no es un oso sino un hombre. Hasta es negado por sus pares del zoológico (“si fueras un oso estaría tras las rejas”) y por los del circo (“si fueras oso no estarías sentado en la tribuna”). Tan unánime es la posición que se llega a convencer de que él no es un oso sino apenas, como se lo han reiterado tantas veces, “un hombre, tonto, sin afeitar y con abrigo de pieles”.

Grandes temas en pocas páginas: la destrucción del medio ambiente, las injusticias del sistema laboral y, sobre todo, el cuestionamiento de la identidad individual y la presión de la sociedad para destruirla. Tashlin (The Bear that wasn’t, 1946) los trata dentro de una sencilla línea argumental contada en tono de fábula y, de este modo, atrapa tanto a un lector adulto como a un lector infantil que no necesariamente esté plenamente identificado con estos temas. Luego vendrá el final esperanzador que también fluye con naturalidad: cuando regresan los gansos y las hojas, el oso busca comportarse inútilmente como humano hasta que su instinto se rebela contra la presión general y termina invernando convencido de que no es un hombre tonto. Ni tampoco un oso tonto.

Las ilustraciones del autor rememoran las series animadas de los años treinta y cuarenta. Tashlin — reconocido ilustrador de MGM, Warner y Disney— tiene el mérito de mostrarnos al oso con un trazo diferente y con un gesto tierno pero cuestionador. Como si, también desde una perspectiva gráfica,  hubiese preservado la identidad del oso diferenciándola del resto de los personajes que se la cuestionan. También las ilustraciones aligeran la carga dramática de la historia y la enriquecen:  la destrucción del medio ambiente se muestra a doble página en un gran fresco en blanco y negro y la crítica a una sociedad excesivamente jerarquizada se refleja en el cambio gradual que experimenta el decorado de las oficinas.  Dos detalles, entre muchos, que ofrece el lenguaje gráfico de esta historia.

Los Angeles Times, parafraseando el título de este cuento, la califica  como “una sátira genial y salvaje sobre la que gente civilizada que no lo es”.  Siete décadas después, la historia mantiene una gran vigencia porque  la gente civilizada sigue destruyendo el medio ambiente, la cultura corporativa despersonalizando al individuo y la presión generalizada alienándonos casi sin darnos cuenta, casi sin oponer resistencia.

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